El INTA exoneró a Virginia Aparicio, coordinadora del proyecto SPRINT, que detectó glifosato en el 86% de las muestras de orina. Qué pasó y por qué importa.
Si cultivás, esta noticia te toca de cerca. Virginia Aparicio coordinó el estudio que midió cuánto glifosato y otros plaguicidas terminan en el cuerpo de las personas. Los resultados fueron incómodos.
El 26 de octubre de 2026, el INTA la exoneró. Es la sanción más dura del empleo público: despido y prohibición de volver a trabajar en el Estado mientras no sea rehabilitada.
La pregunta es una sola: ¿la echaron por lo que hizo o por lo que encontró?
Acá te contamos qué pasó, qué encontró el proyecto SPRINT y qué está en juego cuando no se deja investigar.
¿Quién es Virginia Aparicio y qué es el proyecto SPRINT?
Virginia Aparicio es ingeniera agrónoma y doctora en Ciencias Agrarias. Desde 1997 y hasta su exoneración, estudió en el INTA Balcarce qué pasa con los plaguicidas en el suelo y en el agua.
En 2020 quedó a cargo de la parte argentina de SPRINT, un proyecto financiado por la Unión Europea y coordinado por la Universidad de Wageningen, en Países Bajos. El proyecto midió más de 200 plaguicidas en suelo, agua, polvo, animales y personas, en diez países europeos y en Argentina.
¿Por qué Argentina, el único país de fuera de Europa? Porque es uno de los grandes exportadores de la soja con la que Europa alimenta a su ganado.
En 2021 se tomaron muestras en diez partidos del sudeste bonaerense, como Balcarce, Tandil, Necochea y Tres Arroyos. Participaron 73 voluntarios: productores convencionales y agroecológicos, vecinos rurales y consumidores urbanos.
¿Qué encontró SPRINT en Argentina?
Estos son los hallazgos principales:
- Glifosato en el 86% de las muestras de orina y en el 100% de las de materia fecal. En Europa, 35% y 71%, según el artículo publicado en 2026 en la revista científica Environment International.
- En heces, la concentración típica de glifosato fue casi 9 veces mayor que en Europa.
- Todos los voluntarios tenían varios plaguicidas a la vez: hasta 13 en la orina y hasta 18 en la materia fecal.
- En el polvo de las casas rurales apareció un valor típico de 75 plaguicidas por muestra.
Ojo con lo que circula: no es “el 86% de los argentinos”. Son 73 personas de una región. Y detectar una sustancia prueba exposición, no enfermedad. Justamente por eso eran datos para seguir investigando.
¿Por qué el INTA exoneró a Virginia Aparicio?
La historia se cuenta en tres fechas:
- Mayo de 2020: el INTA aprueba el proyecto, con muestras humanas incluidas.
- Junio de 2023: con los resultados en la mano, le ordenan suspender la reunión en la que iba a contárselos a los voluntarios.
- Diciembre de 2023: el INTA se retira de SPRINT y, el mismo día, abre un sumario contra ella.
La Resolución 366/2026 le hace dos cargos principales:
- Haberle dado a su pareja, un investigador retirado del INTA, un rol de conducción y acceso a datos reservados, sin autorización ni declaración del conflicto de interés.
- Haber decidido sin aval institucional que las muestras se analizaran en el exterior, algo que la resolución considera uso indebido de recursos públicos.
Pero la misma resolución reconoce que no se acreditó beneficio económico ni se determinó un perjuicio fiscal. Aun así, aplica la sanción máxima.
Su defensa responde que el envío al exterior lo exigía el protocolo común del proyecto, y ya anticipó que irá a la Justicia.
Un detalle que importa: el caso atravesó dos gobiernos de distinto signo. Eso sugiere que el problema no es partidario, sino institucional.
¿Qué es el glifosato y cómo actúa?
El glifosato es el herbicida más usado del mundo. Monsanto lo lanzó en 1974 con la marca Roundup.
Actúa bloqueando una enzima llamada EPSPS, que forma parte de la vía del shikimato. Las plantas usan esa vía para fabricar tres aminoácidos aromáticos: fenilalanina, tirosina y triptófano. Sin ellos, la planta muere.
Durante décadas, el argumento central de su seguridad fue simple: los seres humanos no tenemos esa vía. Esos aminoácidos los conseguimos con la comida. Sin ese blanco, el herbicida no tendría sobre qué actuar.
Lo que cambió: el intestino
Cuando el glifosato salió al mercado, casi nadie estudiaba el microbioma humano. El gran proyecto internacional para mapearlo recién arrancó en 2007.
Hoy sabemos que convivimos con billones de bacterias intestinales. Y que muchas de ellas sí tienen la vía del shikimato.
Un análisis de la Universidad de Turku (Finlandia, 2020) estimó que alrededor del 54% de las especies bacterianas más frecuentes del intestino humano serían potencialmente sensibles al glifosato. Es una predicción a partir de la estructura de la enzima, no una medición directa.
Un año después, un estudio en ratas pasó de la predicción a la observación. Publicado en Environmental Health Perspectives, mostró que el glifosato inhibía la vía del shikimato en las bacterias intestinales. Las dosis probadas incluían la que Europa considera segura para el consumo diario. Con el producto comercial, además, los cambios en la sangre compatibles con estrés oxidativo fueron más marcados.
Y acá aparece el eje intestino-cerebro. La microbiota se comunica con el cerebro a través del nervio vago, del sistema inmune y de las sustancias que produce. También participa en el metabolismo del triptófano, el precursor de la serotonina.
En animales expuestos a glifosato se observaron cambios en la microbiota y conductas de tipo ansioso. En personas, todavía no está demostrado.
Aun sin esa prueba, la pregunta ya cambió. No alcanza con preguntar si el glifosato nos afecta a nosotros. Hay que preguntar si afecta a los organismos de los que depende nuestra salud.
Y si cultivás, sabés que lo mismo vale para la vida del suelo.
A eso se suma cómo nos llega: por la deriva de las fumigaciones, el suelo, el agua, el polvo de las casas y los alimentos. Y nunca llega solo. Viene mezclado con otros plaguicidas, en un efecto cóctel que las evaluaciones regulatorias recién empiezan a contemplar.
¿El glifosato causa cáncer?
No hay consenso, y conviene entender por qué.
En 2015, la Agencia Internacional de Investigación sobre el Cáncer (IARC), de la OMS, lo clasificó como probablemente cancerígeno para humanos. Se basó en evidencia limitada en personas, sobre todo para el linfoma no Hodgkin, evidencia suficiente en animales y evidencia fuerte de dos mecanismos: daño al ADN y estrés oxidativo.
Los estudios en personas muestran resultados mixtos. Un metaanálisis de 2019 encontró un 41% más de riesgo de linfoma no Hodgkin en las personas más expuestas. En cambio, el Agricultural Health Study, la gran cohorte de aplicadores de Estados Unidos, no halló una asociación clara.
Las agencias regulatorias concluyen otra cosa. En 2023, la autoridad europea (EFSA) no encontró áreas críticas de preocupación, aunque reconoció vacíos de datos, y la Unión Europea renovó su uso hasta 2033. En Estados Unidos, la agencia ambiental (EPA) lo considera no probablemente cancerígeno, aunque en 2022 un tribunal federal le ordenó rehacer parte de esa evaluación.
La diferencia tiene explicación: la IARC evalúa si una sustancia puede causar cáncer; las agencias, si lo causa con la exposición que estiman habitual. Además, los estudios de largo plazo que usan los reguladores se hacen sobre el principio activo, no sobre el producto comercial ni sobre las mezclas.
En 2025, dos hechos reabrieron el debate:
- Un estudio del Instituto Ramazzini (Italia) encontró más tumores en ratas expuestas a dosis equivalentes a la ingesta diaria admisible europea. El instituto alemán de evaluación de riesgos cuestionó parte de su metodología.
- Una revista científica retractó una de las revisiones más citadas sobre la seguridad del glifosato, por la participación no declarada de empleados de Monsanto en su redacción.
Con un debate así, los datos públicos e independientes son lo que más falta. Y eso es lo que producía SPRINT.
Conclusión: lo que no se mide no se puede mejorar
Exonerar a una científica no saca un solo residuo del agua, del polvo ni de tu cuerpo.
Lo que sí elimina es la posibilidad de que el Estado argentino siga midiendo.
Sin datos no hay punto de partida. Y sin punto de partida no hay forma de mejorar.
Cuando no se deja investigar, el vacío no queda vacío: se llena de sospechas.
A los 73 voluntarios nunca les llegó la devolución en las condiciones previstas, y nadie del Estado los llamó.
Cultivar sin venenos también es eso: hacer preguntas en lugar de imponer silencios.